Los Templarios y la conexión judía




Un reciente ensayo relaciona a los promotores de la Cruzada y a los templarios con los descendientes de los judíos expulsados de Jerusalén por Agripa II.

De confirmarse, dispondríamos de importantes claves para interpretar la misión del Temple en Tierra Santa y la naturaleza de sus hallazgos.

En tiempos del rey Salomón, existía un sacerdocio hereditario en Jerusalén. Estos sacerdotes se habían trasladado a Europa y sus descendientes regresaron con los cruzados para recuperar su ciudad perdida. Allí, restablecieron los antiguos ritos que se celebraron en la Ciudad Santa durante mil años, hasta la destrucción del Templo, en el 70 d.C. Esta revolucionaria hipótesis ha sido planteada recientemente por losinvestigadores británicos Christopher Knight y Robert Lomas, en su libro The book of Hiram, un trabajo que bucea en los orígenes de la fracmasonería escocesa. Para demostrar su teoría, han analizado durante los últimos quince años la arquitectura, los símbolos y las dimensiones de una capilla situada al sur de Edimburgo: Rosslyn. Knight y Lomas sostienen que ésta reproduce en una escala de uno a tres las estructuras del Templo de Salomón y que, en consecuencia, está conectada con la masonería a través de su arquitecto Hiram Abiff.

Rosslyn fue construida en 1440 con la intención de ser convertida en colegiata, pero sólo llegó a erigirse el coro y la capilla que hoy se admiran. Esta última está llena de símbolos pertenecientes a las tradiciones hebrea, cristiana, egipcia, masónica y pagana. Según la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, en este lugar se conservarían los documentos secretos sobre la descendencia de Jesús y María Magdalena.

En realidad, no hay allí elementos cristianos originales. Los que hoy pueden observarse fueron incorporados posteriormente. Esta extraña «capilla» se erigió sin baptisterio ni altar. Y dispone de dos espacios: el vestíbulo principal y la cripta. El primero posee catorce columnas, doce de las cuales son iguales, pero las dos restantes están magníficamente talladas, representando las míticas Jaquín y Boaz del Templo de Salomón.

No es una conjetura gratuita. Los autores de El Libro de Hiram son dos experimentados masones que repararon en que uno de sus ritos, el llamado «Arco Real», describe la excavación de las ruinas del Templo y sugiere que debía haber en él «dos magníficas» columnas y otras doce de estilo corriente, como sucede en Rosslyn.

En su anterior libro, La clave masónica (Ed. Martínez Roca), Knight y Lomas sostenían que los templarios viajaron a Jerusalén no para defender a los peregrinos, sino para excavar en las ruinas del Templo y rescatar de allí documentos y valiosos elementos rituales. En apoyo de su hipótesis, citan el hallazgo –realizado por el ejército británico en el siglo XIX– de diversos objetos templarios en un pasadizo subterráneo que conducía a la mezquita de Omar. Según revelan ahora en The book of Hiram, recientemente ha sido descubierto en Escocia un profundo túnel que penetra en los cimientos de la capilla, bajo el Gardener’s Brae del castillo de Rosslyn. En opinión de Knight y Lomas esta cavidad reproduce el mencionado túnel del Templo judío y les lleva a deducir que los constructores de la capilla reprodujeron las estructuras de éste hasta en el mínimo detalle.

El objetivo perseguido por sus constructores podría ser que la capilla de Rosslyn –al igual que el Templo judío– funcionase como un potente condensador de energías celestes y telúricas, que de alguna forma propiciasen la llegada de un Imperator Mundi. Éste habría sido el propósito final de un plan en el que participaban los templarios, que se vio frustrado por la pérdida de Jerusalén y que aún hoy seguiría vigente: la instauración de un Rey-Mesías que desde allí gobernase el mundo conocido.

Algunos expertos admiten hoy que los templarios formaban parte de este proyecto sinárquico para instaurar un gobierno mundial, que entronca con ciertos ideales masónicos y rosacrucianos, como la eliminación de la lucha de clases a través de movimientos cooperativos o la instauración de un Nuevo Orden Europeo guiado por un gobierno de sabios.

La relación entre los templarios y los señores de Rosslyn se remonta a la primera cruzada, en la que participó Henry Saint-Clair junto al fundador del Temple Hugues de Payns, casado con su sobrina Catherine. A su regreso fue nombrado barón de Rosslyn. Aunque su nombre no figura entre los nueve fundadores del Temple, es evidente que mantenía estrechos vínculos con éstos, como demuestra su donación a los templarios de los terrenos sobre los que hoy se erige la misteriosa capilla.

Tras la abolición de la Orden en 1307, muchos de sus miembros huyeron a Escocia, sede de la única monarquía europea que no reconoció la autoridad del Papa. Así se pusieron a salvo de la persecución inquisitorial a la que fueron sometidos en otros países; y apoyaron a los nacionalistas escoceses, liderados por Robert Bruce, que estaban en guerra desde hacía años con los ingleses. Éstos habían sufrido importantes reveses, hasta que el 6 de noviembre de 1314 hizo acto de presencia en los campos de batalla el «Beausant» (el estandarte templario). Un antecesor del constructor de la capilla, William Saint Clair, luchó codo con codo con Robert Bruce en la batalla de Bannockburn, asegurando así la libertad del reino de Escocia. Aquella gran victoria frente a los ingleses sería recompensada con la protección del rey Bruce a los templarios, quienes hallarían el camuflaje perfecto en las Casas de Albañiles, las organizaciones más poderosas de su tiempo, si exceptuamos a los gobiernos estatales y locales. Estos cuerpos profesionales se convertirían después en organizaciones ideológicas y políticas: las actuales logias masónicas.

Entre tanto, Robert Bruce hizo voto de ir a Jerusalén y combatir a los sarracenos, pero no pudo cumplir su promesa antes de morir. En señal de respeto, su corazón embalsamado fue llevado por William Saint Clair y James Douglas a Tierra Santa durante la última cruzada. Pero ambos murieron en España, camino del Santo Sepulcro. Knigth y Lomas aseguran que este compromiso era una suerte de vínculo muy antiguo entre los caballeros fundadores del Temple y los sacerdotes de la antigua Judea.

En su nuevo libro, The book of Hiram, desarrollan más profundamente esta idea, asegurando que la Cruzada no fue más que el retorno a la Tierra Prometida de los descendientes de los judíos expulsados por Herodes Agripa II, en el año 70 d.C, cuando el Templo fue destruido y la ciudad santa arrasada por el emperador romano Tito.

Estudios recientes pretenden reivindicar las conexiones genealógicas de ciertos protagonistas de la Cruzada y de los fundadores del Temple con la casa de David, la misma a la que perteneció Jesús de Nazareth, según los evangelios canónicos de Mateo y Lucas, y cuyos colores son el verde y el dorado, los mismos que presiden las tenidas masónicas del rito escocés.

Así, por ejemplo, Godofredo de Bouillon no fue a la Cruzada con la misma intención que otros señores feudales o reyes. Antes había vendido o donado todas sus posesiones, lo que demuestra que para él era un viaje sin retorno porque creía, seguramente, que iba a establecerse en una tierra que por herencia de linaje le pertenecía. Significativamente, ningún otro cruzado de rango inferior o superior le disputó este privilegio.

Casi treinta años antes de su entrada triunfal en Jerusalén, Godofredo había cedido los terrenos de Orval a un misterioso grupo de monjes calabreses, de los que formaba parte Pedro el Ermitaño, que pasó a la historia como tutor de Godofredo y promotor de la Primera Cruzada. Estos monjes habrían sido los fundadores de la misteriosa Orden de Nuestra Señora del Monte Sión, que se estableció en Jerusalén y propuso a Godofredo como rey de esta ciudad sagrada. Del monasterio de Orval emanarán las principales profecías que anuncian la llegada de un Gran Monarca y allí pasan enigmáticas temporadas personajes como San Malaquías y Nostradamus, cuyas Centurias anuncian este mismo advenimiento.

Enrique de Vicente explica esta compleja trama en su reciente libro Claves ocultas del Código da Vinci (Ed. Plaza y Janés). Según él, algo importante debió descubrirse en esa época en relación a los merovingios y al Templo de Salomón, motivo por el cual Pedro se lanzase a promover la Cruzada. Orval está situado muy cerca del lugar donde cinco siglos antes había sido asesinado Dagoberto II, el último rey merovingio de Austrasia, dinastía supuestamente entroncada con la Casa de David, cuyos orígenes celestes se remontarían a la noche de los tiempos.

Junto a Pedro El Ermitaño, Godofredo de Bouillon y los fundadores del Temple, otros personajes clave en esta operación fueron el Papa Benedicto II y Bernardo de Claraval, ambos destacados cistercienses. El primero promovió la Cruzada contra los infieles y el segundo tejió un plan de recuperación de ciertos documentos secretos en el Templo de Jerusalén y propulsó la creación de la Orden del Temple y el culto a Nuestra Señora.

A tenor de estas nuevas revelaciones, ¿qué papel jugaron los templarios en Tierra Santa? Si la intención de William Saint Clair fue guardar en Rosslyn los documentos secretos hallados en Jerusalén casi dos siglos antes, esto supondría que los templarios no viajaron a Tierra Santa para defender a los peregrinos, sino con fines arqueológicos. Es evidente que nadie que pretenda defender caminos se queda encerrado nueve años en un lugar. De hecho, los expertos en el Temple han señalado a menudo que los nueve fundadores y sus nueve años de permanencia en el Templo de Jerusalén eran simbólicos.

A la luz de la hipótesis judaica de Knight y Lomas este número adquiere un significado especial: la última letra del alfabeto hebreo es la Tav (la Tau griega); y esta letra, representada por el noveno sefiroth cabalístico (Yesod o Fundación), se relaciona con la serpiente y el secreto de la sabiduría. En la capilla de Rosslyn, los catorce pilares han sido dispuestos de tal manera que los ocho del lado Este trazan una triple Tau. El simbolismo del Templo de Jerusalén habría sido desvelado y puesto a salvo en la capilla de Rosslyn, que sería una representación de la Jerusalén Celestial, con torres y un enorme techo central de forma curva sostenido por arcos: una reconstrucción del Templo, adornada con simbolismo nazareo y templario, para cobijar el «secreto».

Todo indica que el interés inicial de los fundadores del Temple no radicaba en la defensa de los peregrinos, sino en las ruinas del propio Templo. En sus paredes subterráneas estarían inscritas las genealogías de los sumos sacerdotes, cuyo linaje se remonta a David y a Aarón. Según Knight y Lomas, antes de la destrucción del Templo, los sacerdotes se dispersaron por Europa y mil años después sus descendientes habrían regresado a la ciudad destruida para recuperar los restos de alguien conocido como «el Salvador».

Los herederos de aquéllos se reconocerían entre sí por el nombre de Rex Deus (Rey Dios) y tendría como objetivo conservar las dos líneas mesiánicas (descendentes de David y Aarón), que algún día establecerían el Reino de Dios en la Tierra. Un argumento que entronca con la misión del Temple y su creencia inquebrantable en el Retorno Glorioso de Cristo, anunciado en la Biblia. Según la creencia templaria este Retorno debería ser precedido por la llegada del Espíritu Santo: «el Consolador que mi Padre os enviará en mi nombre»..

Toda la aventura templaria estuvo basada en esta espera. Pero el reino de Jerusalén se perdió definitivamente a finales del siglo XIII.

Los templarios creían en el regreso inminente del Mesías y para ello, según las tradiciones hebraicas, había de erigirse un nuevo Templo donde albergar el Arca y renovar el pacto con Dios. Ese templo, finalmente, no pudo ser construido en Tierra Santa sino muy lejos, en Escocia. y puede que –como sostiene El código da Vinci– allí permanezcan a salvo sus secretos y ritos… por mucho tiempo.

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